Ya se ha ido el último. El último día del año, el último día de la década, el último de los días vividos ya.
Este año he vivido cosas no explicables con palabras, he sentido como nunca jamás había sentido, he mirado como nunca había mirado.
A principios de año, un abanico se extendió a mis pies, era el año de los 18, un año lleno de responsabilidades, un año que se suponía el del mejor verano de mi vida.
Este año ha acabado una etapa y ha comenzado otra muy diferente.
He conocido gentes, sitios, lugares para el recuerdo, que nunca dejarán de estar en mi memoria. Este año he viajado como seguramente nunca vuelva a hacer. He patinado en el puerto de Marco, si el de Amedio; he visitado tierras fenicias donde el calor supuesto que debería haber sufrido se transformó en lluvia y fresco (ayudado eso si por el gran Absolut).
He cambiado de vida, me he marchado de dónde siempre había vivido y he ido a parar a la ciudad universal, a donde este año llegaron peregrinos procedentes de mundos diferentes.
He sufrido con los últimos coletazos de exámenes y pruebas de acceso al sueño de (mentira) toda la vida.
He sufrido por motivos que merecen ser olvidados, y como tal, nunca más serán tenidos en cuenta.
He vivido un verano estupendo, no el prometido por tantos, pero si maravilloso, con amigos en la playa, tanto en las que puedo bajar andando y por la noche (MiXtas en mano) como a las que previamente he tenido que ir en coche y volver en tren.
Este año, es NUESTRO año, siempre lo es, pero nunca con la misma gente, siempre con amigos y conocidos diferentes.
En este año he conocido a los que pretendo, sean compañeros de vida, trabajos y fatigas en esta nuestra incómoda facultad.
Este año he vuelto a reencontrarme con amigos N'09, mis mejores amigos, con los que espero, pasar el resto de mi vida.
Este año... se acaba.
Y como último día, y como primer día, hay que celebrarlo. Pero no de una manera cualquiera, siempre con estilo.